Sábado 20
10 a.m. Salgo a hacer un
reconocimiento del terreno, subo hacia la avenida América, doblo a la derecha y
me encuentro con las primeras acciones, proyectiles volando esporádicamente,
por aquí y por allá. Desde algunos edificios francotiradores mantienen a raya a
los peatones. Logro cruzar indemne tres zonas de peligro, recibiendo apenas
algunas esquirlas de agua. Continúo cinco cuadras más hacia la avenida Pando
donde, según los informes de inteligencia que he logrado obtener, se están
desarrollando los combates más intensos.
10:30 a.m. Después de sortear varias escaramuzas
callejeras llego a la esquina de Pando y América, doblo otra vez a la derecha e
inmediatamente me tengo que parapetar tras de una camioneta: Está teniendo
lugar una batalla de alta intensidad. En el lado de la acera en que me
encuentro hay al menos 50 combatientes, divididos en pelotones de unos 6
elementos en promedio. El enemigo está en la otra acera, atrincherado en los
pocos automóviles que hay estacionados. Aunque no los puedo contar, por el número
de proyectiles que se estrellan a mí alrededor y en los cuerpos de los soldados
de esta trinchera, me imagino que son más numerosos que nosotros. Decido
continuar bajando sobre la calle Pando para tener una idea más precisa de la
batalla.
11:00 a.m. Logro llegar a la “Recoleta”, una
glorieta normalmente
transitada por la fresez Cochabambina, sin embargo, en estos momentos es tierra
de nadie. Mientras descendía hasta este punto he recibido algunos impactos en
las piernas, pero nada que lamentar. En mi recorrido descubrí el mecanismo por
medio del cual los
combatientes se
aprovisionan de munición: Hay unas “Doñas” (Cholitas con sombrero y pollera)
ubicadas en puntos estratégicos, su equipo consta de barriles con agua y globos
en suficiente cantidad para abastecer a los soldados durante todo el día. Ellas
se dedican a llenar los globos y sus hijos las ayudan vendiéndolos. Ninguno de
ellos es considerado parte beligerante, ese es quizá el único acuerdo común
entre los combatientes. Cada proyectil cuesta aproximadamente 20 centavos
mexicanos. Hay tres clases: Peras, manzanitas y huevitos. Como les será fácil
deducir inteligentes y perspicaces amigos, estos nombres se relacionan con la
forma y tamaño de cada globo. Sin embargo quiero destacar las cualidades de
cada uno:
Peras: Son los más grandes, al
explotar cubren un área mayor que los dos otros tipos de proyectiles; mojan más
que cualquier otro. Tienen varias desventajas: no son fáciles de asir, son de
corto alcance, pueden explotar en la mano por exceso de carga, y sobre todo son
indoloros (lo cual es una ventaja si es uno quien los recibe)
Manzanitas: Son más pequeños, de
mayor alcance, son muy cómodos para lanzarse y ciertamente son dolorosos. Su
única desventaja es la posibilidad de que el enemigo los cache en el aire y
puedan ser revertidos contra el lanzador original. (si se es masoquista esto podría ser
una ventaja, “pago para que me peguen”. Ora si que cada quien, no crean que me
inmiscuyo en sus intimas perversiones)
Huevitos: Como su nombre lo deja
ver, me da hueva describirlos, y además les basta con saber que son mas
chiquitos y duelen un chingo.
Bueno, descrito el arsenal
principal (existen otras armas pero no son relevantes para nuestra historia),
continúo con los acontecimientos.
11:30 a.m. Logro rodear parte de
la “Recoleta” y me parapeto atrás de una trinchera ligeramente elevada y
protegida por tres contenedores plásticos rectangulares de basura. Esta
trinchera tiene varias ventajas además de su elevación: Esta cerca del centro
de los combates, los contenedores tienen ruedas y se pueden reacomodar en caso
de recibir algún ataque inesperado por un flanco descubierto. Hay una doña
vendiendo globos a unos veinte metros. Desde esta posición se puede globear a
varios grupos que están en la acera de enfrente y se cuenta con la alianza
táctica de una serie de trincheras que están en el flanco izquierdo. Cuando
llego ahí la trinchera está ocupada por siete mozalbetes de entre 14 y 16 años.
¿Qué onda chavos, cómo va la
guerra?- Varias caras sorprendidas se voltean a verme, y hay un silencio breve
pero incomodo, que se rompe con un globazo en la jeta de su servidor.
-Agáchese- “Don”- me dicen entre
risas mientras me reacomodo mis retorcidos lentes. Y claro, me agacho, pero
antes alcanzo a ver en la acera de enfrente a un pelirrojito hijo de puta
sonriendo y decido inexorablemente que ese engendro fue quien me propinó el
globazo.
-Acaso- va a guerrear “Don”?- me
pregunta el mas vivaracho.
-Claro, a ver ¿cómo andan de
globos?- Ni pedo, me quedaba claro que para jugar con ellos tendría que
financiar municiones. Los ojos de mis futuros compañeros de armas se iluminaron
-Pues nos quedan pocos- me
contesto otro de ellos mientras señalaba una bolsa con unos veinte. Le di un
billete de 20 Bs y en cuestión de minutos regresó con más de doscientos globos
que inmediatamente repartí entre mi tropa.
12:00 p.m. Combato con
arrojo, aviento globos a diestra y siniestra, pero mi blanco específico es el “Zanahoria”; logro propinarle
un “manzanazo” en la espalda y a pesar de que le calculo unos trece años, veo
con placer como se retuerce. ¿Quien dijo que la guerra fuera humanitaria?
Explotan varias “peras” en nuestra trinchera y aunque no me pegan directamente
estoy completamente empapado.
12:30 p.m. Empiezo a
comandar las acciones, pido fuego de “divertimento” para reaprovisionarnos de
munición, he recibido varios manzanos pero ninguno tan doloroso como el
primero. Para este momento ya me sé los apodos de mi pelotón: Lucho, Sebas,
Chango, Tuti, El verde, Coco y Negro. Y bueno camaradas, no puedo tener
secretos para con ustedes. Me hubiera gustado ser el “Comandante cero”, o el
“subcomandante” o de perdis algo medianamente digno como el “Comanche”. Sin
embargo, a causa de la maldita penetración cultural, del “Canal de las
estrellas” mi irrespetuosa tropa tuvo a bien apodarme: “Don Chabelo”. Chale. Ese ignominioso apodo era
un mal presagio pero me estaba divirtiendo como enano y pasé por alto las
implicaciones del mismo; estas se revelarían con dolorosa claridad el día
siguiente. Mientras tanto, seguía eufórico guerreando, y aplicando los
conocimientos que había adquirido al leer a Clausewitz. Mis órdenes eran
acatadas con precisión, nomás que mi tropa en lugar de contestar
respetuosamente “¡Señor, si
señor!” me contestaban con voz chillona “¡órale mi cuate!”
14:00 p.m. Después de dos
horas de combate estoy exhausto, mis fieles soldados han combatido desde las
diez y están también agotados. Ordeno abandonar la posición, no sin antes
agotar todos los pertrechos en un bombardeo intenso a la trinchera del
“Zanahoria”
14:30. P.m. Mi fiel
pelotón me escolta hasta mi cuartel donde rindo un informe detallado de las
acciones al alto mando. Después de recibir mi “Rancho”, me retiro a buscar al
manual de Clausewitz, con el objeto de afinar las estrategias a adoptar al día
siguiente. He quedado de encontrarme con mi pelotón el domingo a las 10a.m. en
nuestra misma trinchera.
Domingo 21
10:00 a.m. Con puntualidad
marcial llego a media calle de nuestra trinchera, pero esta está ocupada por el
enemigo. En la acera de enfrente diviso a mi pelotón. Después de dar un rodeo
llego hasta la nueva posición y me rinden el informe: Tres de ellos llegaron
temprano y se instalaron en nuestra antigua trinchera, pero fueron desalojados
por una fuerza mayor. Nuestro objetivo es claro: recuperar la posición del día
anterior. Ahora estamos enfrente cubiertos sólo por dos automóviles mal
estacionados. Apertrecho al pelotón y ordeno fuego continuo hacia nuestra
antigua trinchera. Para provocar confusión y lograr un mayor desgaste de
nuestro enemigo, además de otras razones estratégicas que no les voy a explicar
(Lean a Clausewitz huevones) divido a mi tropa en tres grupos y les ordeno
disparar a la trinchera desde varios ángulos con fuego continuo. Descubro
entonces con estupefacción que el “Zanahoria” está entre los nuevos ocupantes
de nuestra entrañable trinchera. Esto es ya un agravio personal. Siento que me
hierve la sangre, y comienzo a lanzar “peras”, “manzanitas” y “huevos” con precisión
matemática.
11:00 a.m. Hemos intentado
infructuosamente recuperar nuestra antigua posición pero sólo hemos logrado avanzar cinco metros. Debo
confesar que este exiguo avance no fue conseguido por nuestro valor, arrojo y
eficacia en el ataque, tampoco fue resultado de mis sesudas estrategias.
Logramos avanzar, gracias a un vocho que se estaciono más adelante. Nuestro
poder de fuego se hace más efectivo, pero el enemigo no baja la guardia y nos
mantiene a raya.
11:30. A.m. Reúno a mi
pelotón y posesionado del papel del sargento Barnes, los increpo duramente:
-¡Bastardos!, llegó el momento
de la verdad. ¿Quien está conmigo?-
Al unísono me contestan:
“¡Yo, mi cuate!”.
Les explico mi plan,
esperaré a que un auto cruce por la avenida, me parapetaré atrás de él y
llegaré hasta la trinchera provocando un combate cuerpo a cuerpo (globazos a
quemarropa), ellos me seguirán por los flancos y con un movimiento envolvente
recuperaremos nuestra trinchera. Los “huevitos” deben utilizarse preferentemente
para abatir al “Zanahoria”. Todos están de acuerdo con mi plan.
11:40 a.m. La hora
decisiva, un “Trufi” (pesero) avanza lentamente por la avenida, salgo de mi
trinchera y avanzo unos diez metros, protegiéndome tras de él y agradeciendo
por primera vez en mi vida la existencia de “Peseros”. Sin embargo la cobertura
es momentánea, el “Trufi” continúa avanzando y me encuentro entonces
descubierto en medio del territorio de nadie. Inicio mi carrera contra la
trinchera del enemigo. En ese momento sublime me siento acompañado por los
héroes de mi panteón particular y sus acciones. Me explico: mientras corro
hacia la trinchera del enemigo, esquivando ráfagas de globazos, siento que a mi
lado esta Hidalgo, con su estandarte guadalupano tomando Guanajuato, mas allá
veo a Morelos, ocupando Valladolid (hoy Morelia), más cerca esta Zapata tomando
Cuautla y por supuesto Pancho Villa aventando sus ferrocarriles a Zacatecas, el
Che ocupando Santa Clara, hombre, hasta el comandante Cero está a mi lado
tomando el palacio legislativo en Managua. En mis oídos resuena insistentemente
aquella frase de “la internacional” “Vamos juntos proletarios, al combate
final”, las lágrimas comienzan a escurrir por mis mejillas. He logrado esquivar
todos los globos, llego hasta la trinchera, doy una patada a los contenedores
que no se mueven un ápice pero no importa, veo el blanco de los ojos de mis
enemigos y arrojo mis únicos dos proyectiles. Fallo en ambos tiros. Volteo a
izquierda y derecha y descubro desolado y con horror que mi pelotón no se ha
sumado a mi valeroso ataque. Ni bien he caído en cuenta de mi precaria
situación cuando andanadas de proyectiles se estrellan en toda mi humanidad,
doy media vuelta y emprendo la carrera de regreso pensando en el consejo de
guerra que voy a instruir. Pero apenas voy a media calle cuando desde mi
trinchera me llueven ráfagas de globos que yo mismo he comprado. Amigos, nunca
subestimen el poder de la traición. Detengo mi carrera, pero estoy siendo
acribillado también por la espalda. Alcanzo a imaginar gozoso al infecto
“Zanahoria”, ¡Chingada madre! He llamado la atención en toda la línea de
combate. En efecto; de todas las trincheras aledañas comienzan a lloverme
globazos. Alcanzo a escuchar un ignominioso grito de mis ex compañeros “¡Duro
con Don Chabelo!” Después de haberme sentido como el Che, ahora me siento como
Salinas después de su debacle; atacado por todos los flancos. Nomás que yo no
estoy en Dublín disfrutando de mis millones, sino empapado y sufriendo una
tupida madriza a media calle en una ciudad que nunca he sentido tan ajena. Soy
un patito de feria que sirve de blanco a unos 50 cabrones adolescentes. Corro
calle abajo y mi carrera causa furor en toda la línea. Puta madre. ¿Cómo puede
ser tan vil el ser humano? Soy cruelmente acribillado durante dos cuadras. Por
fin logro refugiarme exhausto atrás de una anciana cascarrabias que iba
cruzando la avenida. La tomo fuertemente por los hombros usándola como escudo
para librar los últimos globazos. Cuando logra propinarme un bastonazo ya estamos
cerca de la esquina. Ello me permite escapar de la zona de combate.
12:00 p.m. Recorro el camino
vuelta a casa, estoy lleno de moretones pero me duelen menos que mi atormentado
espíritu. Me siento....”¡Humillado y Ofendido!” dirán ustedes, pero yo no cito
a Dostoievski tan a lo pendejo. Simplemente me siento del nabo.
12:20 p.m. Apenas he
introducido media llave en la cerradura, cuando el agua de un balde remoja una
vez más mi humanidad. Levanto mi vista y desde el balcón esta mi hija Raquelita
sonriente haciéndome bizcos.
- Pinche humanidad. Estamos
condenados- Para confirmar mi aseveración, le propino sendas patadas al “Tobi”,
el perrito de la casa, que se marcha aullando. Subo la escalera, tomo un baño
calientito, y después de comer me aplasto en un sillón para leer al mejor
estilo de Don Quijote novelas caballerescas y me quedo dormido soñando en una
nueva oportunidad que el futuro me depare para aplicar mis cualidades de
estratega.