miércoles, 13 de mayo de 2015

Sarajevo en Cochabamba!



Sábado 20

 10 a.m. Salgo a hacer un reconocimiento del terreno, subo hacia la avenida América, doblo a la derecha y me encuentro con las primeras acciones, proyectiles volando esporádicamente, por aquí y por allá. Desde algunos edificios francotiradores mantienen a raya a los peatones. Logro cruzar indemne tres zonas de peligro, recibiendo apenas algunas esquirlas de agua. Continúo cinco cuadras más hacia la avenida Pando donde, según los informes de inteligencia que he logrado obtener, se están desarrollando los combates más intensos.

 10:30 a.m. Después de sortear varias escaramuzas callejeras llego a la esquina de Pando y América, doblo otra vez a la derecha e inmediatamente me tengo que parapetar tras de una camioneta: Está teniendo lugar una batalla de alta intensidad. En el lado de la acera en que me encuentro hay al menos 50 combatientes, divididos en pelotones de unos 6 elementos en promedio. El enemigo está en la otra acera, atrincherado en los pocos automóviles que hay estacionados. Aunque no los puedo contar, por el número de proyectiles que se estrellan a mí alrededor y en los cuerpos de los soldados de esta trinchera, me imagino que son más numerosos que nosotros. Decido continuar bajando sobre la calle Pando para tener una idea más precisa de la batalla.

 11:00 a.m. Logro llegar a la “Recoleta”, una glorieta  normalmente transitada por la fresez Cochabambina, sin embargo, en estos momentos es tierra de nadie. Mientras descendía hasta este punto he recibido algunos impactos en las piernas, pero nada que lamentar. En mi recorrido descubrí el mecanismo por medio del cual  los combatientes  se aprovisionan de munición: Hay unas “Doñas” (Cholitas con sombrero y pollera) ubicadas en puntos estratégicos, su equipo consta de barriles con agua y globos en suficiente cantidad para abastecer a los soldados durante todo el día. Ellas se dedican a llenar los globos y sus hijos las ayudan vendiéndolos. Ninguno de ellos es considerado parte beligerante, ese es quizá el único acuerdo común entre los combatientes. Cada proyectil cuesta aproximadamente 20 centavos mexicanos. Hay tres clases: Peras, manzanitas y huevitos. Como les será fácil deducir inteligentes y perspicaces amigos, estos nombres se relacionan con la forma y tamaño de cada globo. Sin embargo quiero destacar las cualidades de cada uno:

Peras: Son los más grandes, al explotar cubren un área mayor que los dos otros tipos de proyectiles; mojan más que cualquier otro. Tienen varias desventajas: no son fáciles de asir, son de corto alcance, pueden explotar en la mano por exceso de carga, y sobre todo son indoloros (lo cual es una ventaja si es uno quien los recibe)

Manzanitas: Son más pequeños, de mayor alcance, son muy cómodos para lanzarse y ciertamente son dolorosos. Su única desventaja es la posibilidad de que el enemigo los cache en el aire y puedan ser revertidos contra el lanzador original. (si se es masoquista esto podría ser una ventaja, “pago para que me peguen”. Ora si que cada quien, no crean que me inmiscuyo en sus intimas perversiones)

Huevitos: Como su nombre lo deja ver, me da hueva describirlos, y además les basta con saber que son mas chiquitos y duelen un chingo.  
Bueno, descrito el arsenal principal (existen otras armas pero no son relevantes para nuestra historia), continúo con los acontecimientos.

11:30 a.m. Logro rodear parte de la “Recoleta” y me parapeto atrás de una trinchera ligeramente elevada y protegida por tres contenedores plásticos rectangulares de basura. Esta trinchera tiene varias ventajas además de su elevación: Esta cerca del centro de los combates, los contenedores tienen ruedas y se pueden reacomodar en caso de recibir algún ataque inesperado por un flanco descubierto. Hay una doña vendiendo globos a unos veinte metros. Desde esta posición se puede globear a varios grupos que están en la acera de enfrente y se cuenta con la alianza táctica de una serie de trincheras que están en el flanco izquierdo. Cuando llego ahí la trinchera está ocupada por siete mozalbetes de entre 14 y 16 años.

¿Qué onda chavos, cómo va la guerra?- Varias caras sorprendidas se voltean a verme, y hay un silencio breve pero incomodo, que se rompe con un globazo en la jeta de su servidor.
-Agáchese- “Don”- me dicen entre risas mientras me reacomodo mis retorcidos lentes. Y claro, me agacho, pero antes alcanzo a ver en la acera de enfrente a un pelirrojito hijo de puta sonriendo y decido inexorablemente que ese engendro fue quien me propinó el globazo.
-Acaso- va a guerrear “Don”?- me pregunta el mas vivaracho.
-Claro, a ver ¿cómo andan de globos?- Ni pedo, me quedaba claro que para jugar con ellos tendría que financiar municiones. Los ojos de mis futuros compañeros de armas se iluminaron
-Pues nos quedan pocos- me contesto otro de ellos mientras señalaba una bolsa con unos veinte. Le di un billete de 20 Bs y en cuestión de minutos regresó con más de doscientos globos que inmediatamente repartí entre mi tropa.

 12:00 p.m. Combato con arrojo, aviento globos a diestra y siniestra, pero mi blanco específico es  el “Zanahoria”; logro propinarle un “manzanazo” en la espalda y a pesar de que le calculo unos trece años, veo con placer como se retuerce. ¿Quien dijo que la guerra fuera humanitaria? Explotan varias “peras” en nuestra trinchera y aunque no me pegan directamente estoy completamente empapado.

 12:30 p.m. Empiezo a comandar las acciones, pido fuego de “divertimento” para reaprovisionarnos de munición, he recibido varios manzanos pero ninguno tan doloroso como el primero. Para este momento ya me sé los apodos de mi pelotón: Lucho, Sebas, Chango, Tuti, El verde, Coco y Negro. Y bueno camaradas, no puedo tener secretos para con ustedes. Me hubiera gustado ser el “Comandante cero”, o el “subcomandante” o de perdis algo medianamente digno como el “Comanche”. Sin embargo, a causa de la maldita penetración cultural, del “Canal de las estrellas” mi irrespetuosa tropa tuvo a bien apodarme: “Don Chabelo”.  Chale. Ese ignominioso apodo era un mal presagio pero me estaba divirtiendo como enano y pasé por alto las implicaciones del mismo; estas se revelarían con dolorosa claridad el día siguiente. Mientras tanto, seguía eufórico guerreando, y aplicando los conocimientos que había adquirido al leer a Clausewitz. Mis órdenes eran acatadas con precisión, nomás que mi tropa en lugar de contestar respetuosamente  “¡Señor, si señor!” me contestaban con voz chillona “¡órale mi cuate!”

 14:00 p.m. Después de dos horas de combate estoy exhausto, mis fieles soldados han combatido desde las diez y están también agotados. Ordeno abandonar la posición, no sin antes agotar todos los pertrechos en un bombardeo intenso a la trinchera del “Zanahoria”

 14:30. P.m. Mi fiel pelotón me escolta hasta mi cuartel donde rindo un informe detallado de las acciones al alto mando. Después de recibir mi “Rancho”, me retiro a buscar al manual de Clausewitz, con el objeto de afinar las estrategias a adoptar al día siguiente. He quedado de encontrarme con mi pelotón el domingo a las 10a.m. en nuestra misma trinchera.

Domingo 21

 10:00 a.m. Con puntualidad marcial llego a media calle de nuestra trinchera, pero esta está ocupada por el enemigo. En la acera de enfrente diviso a mi pelotón. Después de dar un rodeo llego hasta la nueva posición y me rinden el informe: Tres de ellos llegaron temprano y se instalaron en nuestra antigua trinchera, pero fueron desalojados por una fuerza mayor. Nuestro objetivo es claro: recuperar la posición del día anterior. Ahora estamos enfrente cubiertos sólo por dos automóviles mal estacionados. Apertrecho al pelotón y ordeno fuego continuo hacia nuestra antigua trinchera. Para provocar confusión y lograr un mayor desgaste de nuestro enemigo, además de otras razones estratégicas que no les voy a explicar (Lean a Clausewitz huevones) divido a mi tropa en tres grupos y les ordeno disparar a la trinchera desde varios ángulos con fuego continuo. Descubro entonces con estupefacción que el “Zanahoria” está entre los nuevos ocupantes de nuestra entrañable trinchera. Esto es ya un agravio personal. Siento que me hierve la sangre, y comienzo a lanzar “peras”, “manzanitas” y “huevos” con precisión matemática.

 11:00 a.m. Hemos intentado infructuosamente recuperar nuestra antigua posición pero sólo hemos  logrado avanzar cinco metros. Debo confesar que este exiguo avance no fue conseguido por nuestro valor, arrojo y eficacia en el ataque, tampoco fue resultado de mis sesudas estrategias. Logramos avanzar, gracias a un vocho que se estaciono más adelante. Nuestro poder de fuego se hace más efectivo, pero el enemigo no baja la guardia y nos mantiene a raya.

 11:30. A.m. Reúno a mi pelotón y posesionado del papel del sargento Barnes, los increpo duramente:
-¡Bastardos!, llegó el momento de la verdad. ¿Quien está conmigo?-
 Al unísono me contestan: “¡Yo, mi cuate!”.
 Les explico mi plan, esperaré a que un auto cruce por la avenida, me parapetaré atrás de él y llegaré hasta la trinchera provocando un combate cuerpo a cuerpo (globazos a quemarropa), ellos me seguirán por los flancos y con un movimiento envolvente recuperaremos nuestra trinchera. Los “huevitos” deben utilizarse preferentemente para abatir al “Zanahoria”. Todos están de acuerdo con mi plan.

 11:40 a.m. La hora decisiva, un “Trufi” (pesero) avanza lentamente por la avenida, salgo de mi trinchera y avanzo unos diez metros, protegiéndome tras de él y agradeciendo por primera vez en mi vida la existencia de “Peseros”. Sin embargo la cobertura es momentánea, el “Trufi” continúa avanzando y me encuentro entonces descubierto en medio del territorio de nadie. Inicio mi carrera contra la trinchera del enemigo. En ese momento sublime me siento acompañado por los héroes de mi panteón particular y sus acciones. Me explico: mientras corro hacia la trinchera del enemigo, esquivando ráfagas de globazos, siento que a mi lado esta Hidalgo, con su estandarte guadalupano tomando Guanajuato, mas allá veo a Morelos, ocupando Valladolid (hoy Morelia), más cerca esta Zapata tomando Cuautla y por supuesto Pancho Villa aventando sus ferrocarriles a Zacatecas, el Che ocupando Santa Clara, hombre, hasta el comandante Cero está a mi lado tomando el palacio legislativo en Managua. En mis oídos resuena insistentemente aquella frase de “la internacional” “Vamos juntos proletarios, al combate final”, las lágrimas comienzan a escurrir por mis mejillas. He logrado esquivar todos los globos, llego hasta la trinchera, doy una patada a los contenedores que no se mueven un ápice pero no importa, veo el blanco de los ojos de mis enemigos y arrojo mis únicos dos proyectiles. Fallo en ambos tiros. Volteo a izquierda y derecha y descubro desolado y con horror que mi pelotón no se ha sumado a mi valeroso ataque. Ni bien he caído en cuenta de mi precaria situación cuando andanadas de proyectiles se estrellan en toda mi humanidad, doy media vuelta y emprendo la carrera de regreso pensando en el consejo de guerra que voy a instruir. Pero apenas voy a media calle cuando desde mi trinchera me llueven ráfagas de globos que yo mismo he comprado. Amigos, nunca subestimen el poder de la traición. Detengo mi carrera, pero estoy siendo acribillado también por la espalda. Alcanzo a imaginar gozoso al infecto “Zanahoria”, ¡Chingada madre! He llamado la atención en toda la línea de combate. En efecto; de todas las trincheras aledañas comienzan a lloverme globazos. Alcanzo a escuchar un ignominioso grito de mis ex compañeros “¡Duro con Don Chabelo!” Después de haberme sentido como el Che, ahora me siento como Salinas después de su debacle; atacado por todos los flancos. Nomás que yo no estoy en Dublín disfrutando de mis millones, sino empapado y sufriendo una tupida madriza a media calle en una ciudad que nunca he sentido tan ajena. Soy un patito de feria que sirve de blanco a unos 50 cabrones adolescentes. Corro calle abajo y mi carrera causa furor en toda la línea. Puta madre. ¿Cómo puede ser tan vil el ser humano? Soy cruelmente acribillado durante dos cuadras. Por fin logro refugiarme exhausto atrás de una anciana cascarrabias que iba cruzando la avenida. La tomo fuertemente por los hombros usándola como escudo para librar los últimos globazos. Cuando logra propinarme un bastonazo ya estamos cerca de la esquina. Ello me permite escapar de la zona de combate.
12:00 p.m. Recorro el camino vuelta a casa, estoy lleno de moretones pero me duelen menos que mi atormentado espíritu. Me siento....”¡Humillado y Ofendido!” dirán ustedes, pero yo no cito a Dostoievski tan a lo pendejo. Simplemente me siento del nabo.

 12:20 p.m. Apenas he introducido media llave en la cerradura, cuando el agua de un balde remoja una vez más mi humanidad. Levanto mi vista y desde el balcón esta mi hija Raquelita sonriente haciéndome bizcos.


- Pinche humanidad. Estamos condenados- Para confirmar mi aseveración, le propino sendas patadas al “Tobi”, el perrito de la casa, que se marcha aullando. Subo la escalera, tomo un baño calientito, y después de comer me aplasto en un sillón para leer al mejor estilo de Don Quijote novelas caballerescas y me quedo dormido soñando en una nueva oportunidad que el futuro me depare para aplicar mis cualidades de estratega.