miércoles, 10 de septiembre de 2008

Los senderos del humo.

No me es difícil recordarlo. Cierro los ojos y la imagen surge. Ahí, en medio de la bruma que acompaña el recuerdo de lo remoto, veo mi mano sosteniendo con torpeza un cigarro Marlboro. Más allá está la cara de Cesar alentándome con una sonrisa desquiciada. Siento el filtro en mi boca, aspiro y hago entrar más aire entre mis dientes apretados. El tiempo se detiene, el mundo exterior se zarandea levemente y hay un pequeño placer que se desvanece tras un ataque de tos y nausea. Acabo de “dar el golpe” al primero de los ciento ochenta y dos mil quinientos cigarros que convertiré en ceniza en los siguientes veinte años. Hoy, parado en el otro extremo de esa línea de tiempo, me es imposible disociar en mi biografía cualquier evento importante o superfluo del cigarro que estaba fumando. En el catálogo de mi existencia se entrelazan amores, éxitos y fracasos, con bocanadas de humo y marcas de cigarrillos.

Mi comienzo, como el de todo fumador fue tortuoso. Necesité constancia y fuerza de voluntad para sobreponerme a los mareos, vómitos, jaquecas y demás devastadores efectos de la intoxicación con nicotina. Pero mi disciplina para fumar fue finalmente recompensada; vencí las vicisitudes biológicas y fui premiado con una contundente adicción al tabaco.

En cuestión de vicios como de deportes habemos algunos seres que tenemos condiciones socio-genéticas para convertirnos en campeones. Desde mi temprana adolescencia sobresalí del montón en materia de tabaco. Mis amigos se mantuvieron en un promedio de cinco o seis cigarros al día. En mi caso, rápidamente pase de los cuatro a los diez, de ahí a los quince y finalmente al consumo de una cajetilla diaria. Todo este proceso tuvo lugar cuando tenía entre 15 y 16 años.

Muy pronto surgieron algunos problemas logísticos: cuando uno tiene quince años los padres no suelen ser muy flexibles en materia de vicios. Cuando estaba en la casa o en el barrio tenía que fumar clandestinamente. A veces subía a la azotea, a fumar y leer. Casualmente recuerdo haber leído en esas circunstancias el libro de Domitila Chungara “Si me permiten hablar”. Lejos estaba de pensar que al cabo de los años no sólo conocería a Domitila, sino que viviría en Bolivia, ese país mágico que por entonces apenas alcanzaba a imaginar.

Por suerte en el México de los ochentas no estaba prohibido fumar en la preparatoria. Estudiantes y maestro tabaqueabamos gustosos en la clase de biología mientras estudiábamos el aparato respiratorio. No recuerdo una sola voz cuestionando esa contradicción. Por el contrario; alguna vez descubrimos en clase que no teníamos tabacos. Ante esa circunstancia el profe de biología, con un aire de solemnidad, pronunció una frase que hasta ahora recuerdo con regocijo: “Muchachos, necesitamos que una comisión vaya a la tienda a comprar una cajetilla. Por favor, que la misma la conformen quienes no fuman; porque corren más rápido”. La poesía como las frases celebres no son de quien las construye sino de quien las necesita; la frase de mi profe me ha servido para motivar el abastecimiento de cigarros en esas madrugadas de reventón cuando la voluntad de cometer excesos excede la disponibilidad de insumos necesarios para lograrlo.

Una de las varias desventajas que tiene el ser fumador empedernido es el desarrollo de un vínculo relativamente rígido con una marca particular de cigarros. Mis primeros años fueron de fidelidad cuasi absoluta a Marlboro. Eventualmente podía fumar Commander, parecidos a los Marlboro nomás que más baratos. Esta fidelidad se convertía en un inconveniente al viajar a las zonas rurales de México: a veces era difícil conseguir otras marcas que no fueran Delicados, Baronet o Del Prado. Era relativamente fácil acostumbrarse a los Delicados. Los Baronet y del Prado me parecieron siempre un insulto a mi dignidad de fumador. Sin embargo, aquella vez cuando estábamos acampando a cinco horas de Santiago Cuauhtenco en las faldas del Iztacihualtl y sólo quedaba la Cajetilla de Baronet que algún desubicado había llevado consigo, descubrí en menos de tres segundos que la dignidad es a las adicciones como la honestidad a la política, no sólo no combinan: son incompatibles por naturaleza.

A mis diecisiete años viajé algunos meses por Europa, en ese tiempo a la par que mi presupuesto diario se reducía de 40 a 4 dólares diarios, fui recorriendo diversos países y marcas de cigarros. En Inglaterra comencé a fumar JPS, al llegar a España regrese a los Marlboro, de ahí a los Fortuna y después a los Ducados, en Francia continué con los Gitans, después hice una breve etapa liando mis cigarros Sams desde Bélgica hasta Austria. Mis fondos se reducían aceleradamente, comencé a auto-racionarme con gran sufrimiento; no más de cinco cigarros liados al día. En estas tristes circunstancias transcurrieron varias semanas pero después de deambular por aquí y por allá, las oscuras nubes que me perseguían se dispersaron: el sol volvió a salir acompañado de una dulce música celestial que me conmovió hasta lo mas profundo; el paraíso del fumador tenia dos nombres: Grecia y la extinta Yugoslavia. Mis largas estancias en estos países se debieron esencialmente a que los cigarros costaban la décima parte que en los países occidentales. Desafortunadamente en algún momento tuve que salir de Yugoslavia y tras una breve estancia en Ámsterdam recalé en Copenhague. Por los altos precios del tabaco en esta ciudad, comencé a evaluar seriamente la posibilidad de recoger colillas de la calle. Fue entonces que decidí volver a México. Todavía no se si regresé por la cercana posibilidad de caer tan bajo o simplemente por el difícil acceso que estaba teniendo a la preciada nicotina. Como haya sido, cuando llegue al suelo patrio comencé otra vez desde arriba fumando los JPS que por cierto nadie fumaba. Después, cuando Camel llegó a México, a finales de los ochenta, me convertí en su fiel, empedernido y agradecido cliente. Desde entonces y salvo cortos intervalos, en que por vaivenes de mi ingreso disponible fumaba los económicos Montana en México y los igualmente baratos LM de Bolivia, he sido fiel a los camélidos.

Más allá de las marcas, el principio del fin en mi entrañable relación con el viejo y entrañable Señor Tabaco tuvo lugar en diciembre de 2005. Aprovechando las vacaciones decembrinas, decidimos con Rocío y Raquelita viajar al hermano país del tango y los choripanes. Cada miembro de la familia tenía su propia agenda: Rocío actualizarse en temas de psicoanálisis y desarrollar contactos profesionales. Raquel ejercer el vasto consumismo infantil fomentado por Fox Kids, Nickelodeon y anexos.
Yo deseaba entregarme al incomparable placer de refinar los maravillosos asados bonaerenses cuya exquisitez raya en lo obsceno; acompañar cada suculenta comilona con un buen vino tinto y para cerrar con broche de oro prender un cigarrito ahí, donde la parrilla me hubiera derrotado, por ejemplo afuerita de “Siga la Vaca” en Puerto Madero. Y en efecto, en esa vacación di rienda suelta a mi instinto carnívoro devorando cuadriles, vacíos, bifes de chorizo, asados de tira, chorizos y morcillas. Asimismo empiné el codo con una considerable cantidad de Cabernet Sauvignons y Merlots, pero pese a mis originales expectativas, sólo fumé durante día y medio de los veinte que estuvimos en la Argentina. Ni siquiera pude fumar en el Parque Lezama acción que siempre pretendí efectuar como un homenaje indispensable al sabatiano “Sobre héroes y Tumbas”. ¿La razón de mi abstinencia? Bueno al mejor estilo Tarantino tendremos que regresar un poco en el tiempo.

En el mes de noviembre, casualmente y sin tener relación alguna entre ellos, dos amigos nos refirieron con entusiasmo y en versiones coincidentes las proezas del maravilloso doctor Ciro Peraloca, quien en su clínica bonaerense tuvo la genial idea de combinar la ancestral técnica oriental de acupuntura y el moderno rayo láser para tratar las más diversas adicciones. Convendrán conmigo que la fusión de diferentes experiencias humanas tanto en el ámbito de las artes como en el del conocimiento ha tenido resultados muy afortunados. Aquí podríamos listar desde la exquisitez de la cocina de fusión hasta el hip hop. Pero no es el propósito de este escrito. En todo caso el único punto que quiero enfatizar es que la propuesta del doctor Peraloca tenia viabilidad ontológica. Además la reforzaba el entusiasmo y experiencias de nuestros amigos. Estos últimos nos habían dicho mutatis mutandi: “Te acuestas en un camastro, el doctor te aplica el rayo láser en varias partes de la cabeza y de manera milagrosa desaparecen para siempre tus deseos de fumar”. Hasta ese momento yo no tenía ninguna intención seria de dejar el cigarro. Sin embargo, cuando se me propuso exponerme al tratamiento, me encontré diciendo: “órale” con cierto entusiasmo.

No se llamen al engaño, ni en ese momento, ni ahora me interesa el dejar de fumar por los males que, según las tan difundidas estadísticas y estudios, provoca el tabaco: enfisema, cáncer, alzheimer, enfermedades coronarias, falso Krupp, catarro o pie de atleta. No, nunca he creído que la vida sea una carrera de resistencia en la que importa durar, tampoco una carrera de velocidad en la que hay que pisar el acelerador. De las pocas certezas que he podido construir es que el incomprensible acto de existir sobre la tierra se enriquece con el ejercicio de las más variadas experiencias. Y aquí va mi punto: después de casi 25 años de fumar, dejar de hacerlo sonaba como una experiencia intensa, dramática y seductora. Mas aun, tratar mi adicción con la medicina fusión del doctor Peraloca incorporando medicina tradicional china y un dispositivo que utiliza un efecto de la mecánica cuántica (la emisión inducida o estimulada, para generar un haz de luz con la forma y el tamaño controlados) incrementaba el atractivo que la experiencia tendría para mi espíritu aventurero.

Por un error de comunicación Rocío hizo cita con el Dr Peraloca para el segundo día de nuestra estadía en Buenos Aires. Mi intención era hacer el tratamiento un día antes de regresar a Bolivia. No fue posible cambiar la cita. Como veremos adelante, tengo mis serias dudas sobre el “prodigio médico” del tratamiento desarrollado por el Dr. Ciro, no obstante no tengo ninguna duda sobre el prodigio económico que es su negocio. Para realizar el tratamiento, es necesario hacer una cita con 15 días de antelación. La demanda por sus servicios y sus honorarios son de orden internacional. Cuando asistimos puntualmente a nuestra cita (aclaración; no hago el uso del Nos Mayestático por pedante; Rocío y Raquel me acompañaban) tuvimos que hacer una antesala de al menos dos horas con un grupo de 10 drogadictos latinoamericanos. Las tarifas del Dr. Peraloca se relacionan con el tipo de adicción a tratar:

• Nicotina doscientos dólares
• Mariguana trescientos cincuenta
• Alcoholismo mil cien
• Cocaína mil quinientos


“De acuerdo al sapo es la pedrada” decía mi abuelita y seguramente me susurro el refrán desde el más allá por que escuché con claridad su voz mientras leía el “menú” que nos había extendido la secretaria. En este menú además de la lista de precios estaban una serie de testimonios que confirmaban la efectividad del tratamiento descubierto y desarrollado por el doctor Peraloca. Desafortunadamente tengo una incapacidad estructural para aceptar sin criticar lo que leo o escucho. Y eso me sucedió en la antesala del Dr. Peraloca, entre más leía la información sobre su método más convencido estaba de su naturaleza fraudulenta. Cuando finalmente crucé la puerta para entrar al consultorio me encontré a un tipo simpático de aspecto bonachón que me recordó a Geppeto. Si bien soy escéptico hasta el tuétano, también tengo una irreductible esperanza en la especie humana. Me convencí internamente para concederle una oportunidad a tan simpático abuelito. Pero Peraloca la desaprovecho, sacó un cartón donde estaba dibujado un corte transversal del cerebro de Homero Simpson. Mientras lo sostenía con una mano con la otra señalaba un bulbo pintado de azul que representaba el hipotálamo y me decía “Che bolita, con mi rayo láser voy a alcanzar tu hipotálamo, pero no te preocupés, eso no afectará de ninguna manera tus capacidades cerebrales, simplemente gracias al ensayo y error he descubierto que utilizando la frecuencia adecuada, un pequeño estimulo al hipotálamo en un lugar que solo yo he identificado, suprime para siempre el deseo de fumar. Para otras adicciones tengo que utilizar diferentes frecuencias. ¿Vos venís sólo por el tabaco? ¿No querés que una vez que estamos aquí te quite alguna otra adicción? Mirá que te puedo hacer un precio especial…” Me aplico el láser durante unos siete minutos y me dijo que regresara dos horas después para la sesión de reforzamiento. Que después de esta primera sesión mis ganas de fumar se reducirían drásticamente, pero que después de la sesión de reforzamiento desaparecerían del todo. Juro que hice un último intento por creerle. Pero apenas habíamos cruzado el umbral de su consultorio sentí un profundo deseo de prender un pucho. Llevé a Raquel al zoológico y recuerdo haber sufrido hasta el tuétano por el intenso deseo de fumar. Cuando regresé para la sesión de reforzamiento, Peraloca me preguntó si había notado la dramática reducción en mi deseo de fumar. Ni modo de decirle que lo único dramático era la madriza que se me antojaba acomodarle, así que simplemente le dije, “no mi Doc, tengo las mismas o quizá más ganas de quemar un tabiro” “che que raro!!! A ver dejáme revisar si la corriente está bien”. Sacó su voltímetro y revisó que la corriente del láser estuviera calibrada. “si, si, que todo está bien que raro, che será que realmente es fuerte tu adicción, mirá te voy a recetar unas pastillitas que te ayudarán a manejar la ansiedad y de cualquier manera, si después de este refuerzo seguís sintiendo ganas de fumar vení otra vez a que te estimule el hipotálamo” Cuando volví a salir del consultorio constaté que lo único que me había quitado el Dr Peraloca eran doscientos dólares. Mis ganas por fumar seguían intactas y exacerbadas por la irritante sensación de saberme defraudado. Decidí entonces revertir el fraude. ¿Demandar a Peraloca y recuperar mis doscientos dólares? No, simplemente dejar de fumar. Si, lo sé, es una lógica un tanto retorcida pero así funciona mi cerebro y peor aun cuando me estimulan el hipotálamo.

Dejé de fumar durante un año y tres meses. Esta larga experiencia fue una experiencia muy agradable. Sufrí los primeros meses pero después empecé a sentir una ligereza que no sentía desde mis quince años. Respiraba mas profundo, comencé a andar en bicicleta cada mañana, jugaba bádminton los fines de semana. Sin embargo a principios del 2007 fui dos veces al chaco Boliviano-Argentino y esa fue mi perdición. El placer de esas megas parrilladas en el campo, me hicieron acompañar bife, vino y chimichurri con un primer tabaco, que aunque no me supo muy rico, abrió la puerta para ceder poco a poco a los encantos del ese aliado de toda la vida. Las vicisitudes laborales en Peace Corps y el trabajo en La Paz con UNICEF y el Plan Nacional de Agua, coadyuvaron para que alcanzara nuevamente la dosis de una cajetilla diaria.

Hace 17 días decidí bajarme otra vez de los CAMEL y seguir a pie caminando por el desierto. Si, ahora me siento como un niño perdido. Por ello necesité escribirles este largo mail a todos ustedes queridos camaradas. Como decía líneas arriba mi decisión de dejar de fumar está más motivada por un estilo de vida experimentador e imprudente que por la filosofía saludable promovida por las asépticas y fundamentalistas legiones antitabaco. Mis motivos para dejar de fumar entonces tienen más que ver con la lujuria por la vida de Iggy Pop que con el “buen vivir” de los deportistas domingueros. No podría ser de otra manera: La única posibilidad que tengo para dejar de fumar es haciendo de este acto un homenaje a mi compañero de tantos años con quien caminé por desfiladeros nocturnos desternillándome de risa entre cervezas, silencios y profundas bocanadas de humo.





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