Yo pensaba que el hecho de vivir en una ciudad chica me iba a dotar de nuevas habilidades que se sumarían a mis habilidades de vivir en una ciudad grande. Nunca pensé que tienes unas u otras. En resumen: descubrí que en dos años he perdido habilidades necesarias para vivir en el Chilango. Antes podía patearle el bastón a un viejito, codear a una señora embarazada, o atropellar a un mocoso para poder subir a un vagón del metro atestado de bípedos. Ahora tuve que esperar siete convoyes para educadamente y con toda delicadeza apearme al penúltimo vagón. Pero estar en mi ciudad realmente me entusiasmaba así que lo asumí deportivamente... o más precisamente, me ví obligado a hacerlo; al entrar al vagón mi nariz quedó a 5 cm. de la axila de un sudoroso basketbolista mañanero, todos los intentos que hice por cambiar mi ubicación fueron infructuosos, cada movimiento que hacía le daba mas espacio a una gorda que me empujaba hacia la axila del Michael Jordan tacubeño. Impregnado de ese espíritu deportivo, bajé en Bellas Artes con la intención de ir a la plaza de la computación, en cumplimiento de la misión que me había encomendado mi cabecita blanca, a saber: proveer a la familia Oviedo de música Mp3 para un viaje que se iba emprender a Veracruz Oaxaca y Chiapas. Después pensaba dar un rol por mi siempre añorado centro histórico. En esas andaba, caminaba feliz por el eje central cuando frente a mi vista, en un puesto que ocupaba media acera, se desplegó toda una colección de videos XXX que llevaban por título “Moteles de la Doctores” “Moteles de Insurgentes” ‘Moteles de Pantitlán”, y así de cada colonia. No terminaba de sorprenderme por la edificante creatividad y refinamiento de los pornografos nacionales, verdaderos artistas del video, cuando sentí que Shrek me eructaba en el estómago: había un cd intitulado: “Moteles de Popotla”. Ni bien termine de leer “Popotla” comenzó un diálogo entre el Armando Cool y el Armando Paranoias:-No mames guey, que tal si nos grabaron-Nel no hay pedo, son videos actuados.-Pero ahí dice “cámaras escondidas”-Aunque diga, no hay pedo.-Y si, si?-De todas maneras no hay pedo -Te cae?-Tssss, no hay pedo.-Nel yo ya me friquie-Te digo que no hay pedo, nunca hay pedo.-Mejor lo compramos y salimos de dudas-Va guey, tampoco hay pedo Después de este elevado diálogo de mi conciencia, compre el video y cuando pude verlo comprobé con satisfacción que yo no protagonizaba ninguno de los cortos que contenía. Al poco tiempo esta satisfacción se transmutó en cierta decepción y finalmente en firme encabronamiento: “Va pinches changos, seguiré siendo un talento a descubrir por la industria porno”. Pero antes de que los hubiera visto y llegado a tan profundas reflexiones, concluí la misión que mi Jefe me había encomendado, o casi, porque decidí catafixiar Debussy y el Trío Calavera, que eran sus peticiones (Así de ecléctico es mi jefe) por Molotov y Greatful Death. ¿Bueno, de que se trataba este viaje para el cual la música que fui a comprar era apenas un componente?. Para explicar el propósito y condiciones del viaje tengo que darles el siguiente antecedente: Los Oviedo tenemos un gen que codifica, de manera clarísima, nuestro total y absoluto desprecio por el sentido común. Y si bien este gen se expresa en todos nosotros, se muestra con mayor regularidad en mi jefecito. Un día se despertó y se lo ocurrió que sería una buena idea hacer un “Magical Mistery Tour” a Chiapas para saludar al Sub. ¿El medio de transporte?. La combi 1975 que muchos de ustedes tuvieron el placer de conocer y/o viajar en ella. Pero... ¿Cómo la combi? Si después de que yo la usé para mi taller de barro “Alfaro Inc.” había quedado completamente destruida, el toldo caído, la carrocería oxidada, el tanque de gasolina picado, el motor hecho una piltrafa. Bueno había que reconstruirla. ¿Meterla a un taller para que mecánicos y hojalateros profesionales realizaran la ardua tarea de que volviera a rodar? Jamás. Como les he dicho cuando los Oviedo nos proponemos algo no reconocemos ni los límites del sentido común. La combi sería reconstruida en el garage familiar. Y la dirección de esta monumental tarea estaría a cargo de mi jefecito. Así fue. Cuando necesitó ayuda técnica especializada contó con la asesoría de Don Sebas, el dueño de la verdulería de la esquina que en sus años mozos trabajó en un taller mecánico, (en ese entonces todavía circulaban los Ford T y los carros a caballo aún no terminaban de desaparecer) Por lo demás se agenció a dos gandumbas del barrio para el trabajo pesado, lijar, bajar motor, cambiar lienzos. Y gracias al esfuerzo de ese equipo de profesionales la histórica combi quedó reconstruida. Mientras nosotros volábamos rumbo a México, mi Jefe, Don Sebas, Bartolo y “El esbirro”, festejaban con champagne el ajuste del último tornillo que permitiría a la combigotes volver a pisar el asfalto con un mínimo de dignidad, es decir, con la tracción de su propio motor. Debo decir en descargo de mi Jefe y de su “Dream team” que cuando la vi en el aeropuerto quedé impresionado. Estaba flamante, como cuando fuimos a sacarla de la agencia. (¿Te acuerdas Mateo?). Toda retapizada, toldo nuevo, molduras completas. Pero no solo eso; caminaba usando como combustible únicamente gasolina. En ese momento pensé que mi Jefe no estaba tan deschavetado, que efectivamente, en ese vehículo podríamos llegar a Chiapas. Un segundo después cambié de opinión, vi de reojo la palanca del freno de mano que, como ustedes saben, en las combis es una palanca en forma de “T” ubicada en posición horizontal debajo del tablero y a la derecha del conductor. El extremo de un cable estaba enrollado en la palanca, el otro extremo descendía y se unía a un resorte que a su vez estaba amarrado a un pequeño cable que estaba sujeto a la parte delantera del pedal acelerador. Su objeto era claro, mantener el pedal en posición desacelerada. Todos los autos tienen un sistema para hacerlo, pero en ninguno se usa plastilina póxica ni cables de audífonos “panasonic” para hacerlo operar. Ni bien habia terminado de hacer mi peritaje visual cuando me sentí profundamente precupado, no tanto por los peligros que implicaba tal sistema de desaceleración, sino por la salud mental de mi jefecito. ¿Pensaba realmente ir en esa “unidad” a Chiapas? Si, y a pesar de varios concilios familiares nadie pudo hacerlo desistir de su propósito. Así, un jueves por la mañana mis jefecitos mis sobrinos (Bart y Lisa) Raquel, Rocío y su servidor emprendimos un viaje en sentido contrario al sentido común.

Nuestro destino inicial; la ciudad de Veracruz. Debo reconocer que mis predicciones originales fueron desmentidas por la realidad, yo pensaba que la combi se desbielaría a la altura de la Terminal de San Lázaro y que ahí tendríamos que abordar un ADO para continuar. Lo cierto fue que a eso de las doce del día nos encontrábamos en Tinajas a pocos kilómetros de Veracruz. Pasando la última caseta me pareció que la combi se deslizaba muy lento sobre el asfalto, pero no, el velocímetro marcaba 140Km/hr. el motor hacía un ruido ensordecedor e inclusive me parecía que salía fuego por el escape. “Es la relatividad, -pensé con seriedad- todo indica que vamos a por lo menos 140 Km/hr., exceptuando mi percepción de la velocidad con que los objetos se desplazan en el exterior, pero mi percepción es enteramente subjetiva, estoy ansioso por llegar al mar y seguramente esta ansiedad me provoca una visión falseada del tiempo y el espacio; siento que todo pasa mas lento” Mis reflexiones científico-filosóficas se vieron interrumpidas por un hecho contundente: un viejito en bicicleta nos rebasó sin mayor esfuerzo por el acotamiento. Al pasarnos el muy cabroncito nos hizo una venia con el sombrero. Mi jefe se orilló a la orilla y fue a revisar el motor, me pidió sucesivamente que la apagara y la encendiera hasta que en un momento pronunció la frase maldita: -¡Apágala Arman, ya sé que es!- Continué reflexionando sobre la belleza onírica de esta frase mientras un “Ángel Verde” nos remolcaba los últimos 40 Km que faltaban para llegar a Veracruz.
Hacía años que no visitaba Veracruz, esa ciudad tan desdeñada por el turismo playero nacional. Debo decirles que quedé sorprendido y encantado por ese puerto en el que se respira, a través de su historia, sus calles, sus personajes un hálito de la esencia de nosotros los mexicanos. Nos instalamos en un hotel frente a la Playa por el fraccionamiento Reforma. Al día siguiente temprano bajamos con Raquel y mis sobrinos a la playa. Una vez instalados ahí cumplí con el ritual de todo buen chilango al llegar al mar. Con las manos en la cintura me quedé algún tiempo viendo su inmensidad con una sonrisa estúpida, después me arremangué el pantalón y mojé mis pies hasta que vino una ola más grande de lo previsto y tuve que dar saltitos para atrás para que no me mojara. En ese momento decidí que había sido demasiado ejercicio y me fui a sentar en la silla que había alquilado por diez pesos. Desde ahí cuidaba a los niños y eventualmente participaba en la construcción de un castillo de arena. Pedí un plato de camarones en el que al poco tiempo aterrizó el balón de unos voleibolistas playeros, seguido inmediatamente del consabido:-¡Bolita porfavorrrrr!Cuando el sol comenzó a calentar llegaron mis papas y Rocío. Yo no quería enfrascarme en otra discusión sobre las posibilidades mecanicas de la combi con mi jefe, al que las adversidades, mas que ponerle los pies en la tierra lo hacían delirar a tal grado que planteaba con toda seriedad un viaje en la misma unidad a Machu Pichu para abril del 2005, por lo tanto, decidí que era un buen momento para nadar. Hacia unos quince minutos que observaba a un grupo de bípedos nadadores subiendo y bajando con el vaivén de las olas a unos treinta metros de la playa. Sin pensarlo dos veces entré al mar y nadé en dirección a ellos, hacían mucho escándalo y a mi siempre me ha gustado estar donde está el desmadre. Cuando estaba a la mitad del camino noté que me gritaban y hacían señas para que me acercara. -Que buena onda - pensé- me ven nadando solo y quieren que me integre, que chidos somos los chilangos-Nadé entonces con mas entusiasmo y en cinco minutos estaba frente a mi destino. Apenas saqué mi cabeza del agua, me encontré a tres metros de un rostro azulado que con mirada implorante me dijo entre gritos y gorgoteos de agua en su garganta:-¡¡¡Nos estamos ahogando!!!!Upppssss. Volteé hacia la playa y comencé a hacerles señas a Rocío y mi jefe para que pidieran ayuda. En cuanto me vieron, con celeridad e inusitada eficiencia comenzaron a saludarme y mi jefecito hasta me tomó una foto, después continuaron con su interesante plática mientras le hincaban el diente al plato de camarones que tenían al lado. Ni modo, tendría que ir yo mismo a buscar ayuda. Comencé a nadar hacia a la playa, pero pasaba el tiempo y no podía llegar. Me había alejado de la fraternidad de preahogados pero lateralmente. Una sensacion de angustia me recorria, la corriente era fuerte, el cielo se nublaba y en general mi situación empezaba a tomar un cariz dramático. Decidí entonces intentar nadar a mayor profundidad. La idea dio resultado, sentí una corriente que me empujaba con violencia hacia la playa. De momento el mundo desapareció y todo fue espuma y arena. Mi cuerpo daba vueltas, y se contorsionaba entre las fuerzas de la arena que me retenía y el agua que me empujaba. Recibí un último empujón y caí de bruces sobre la arena de la playa. Volteé a mi izquierda y vi a lo lejos como mi fraternidad de ahogados descendía de la pequeña balsa en que los habían rescatado. Me erguí adolorido y comencé a caminar tambaleante hacia la Palapa donde estaba mi familia. Sentía las miradas y murmullos de los turistas invernales. En ese momento me di cuenta que en los últimos cinco minutos había perdido algo. ¿Mi oportunidad de ser un héroe anónimo? ¿La confianza en mis dotes de nadador? ¿Mi simpatía por los chilangos? ¿Mi aprecio al mar?. Puede que todo ello camaradas, pero la pérdida más relevante en lo inmediato fue sin duda el traje de baño que me arrancaron las olas en el último revolcón. Con lo aturdido, confuso y madreado que salí del mar no me había percatado de esa carencia, y si lo pude hacer no fue por la brisa marina que mecía mis pelotas con frescura, suavidad y un dejo de cachondez. Me di cuenta de mi absoluta desnudez cuando los pudorosos padres de familia tapaban los ojos a sus hijos y las mujeres volvían la vista atrás. (Salvo dos o tres que después me pidieron mi teléfono, claro está). No aceleré el paso, y no por ser cara dura o exhibicionista sino porque estaba tan cansado y madreado que me dio mucha hueva ser pudoroso. “Que chingue a su madre, Carreño, la liga de la decencia, Provida, Serrano Limón y para no dejar a nadie fuera, que chingue de una vez a su madre toda la humanidad” Embriagado por este sublime pensamiento, camine los últimos metros, pensando también, que debí haber aceptado los 200 dlls. que me ofrecieron para bajarme del Boeing del capitán Jordán.
Este mail se ha alargado mucho y me temo que la hueva que me da seguir escribiendo sea menor que la que les da a ustedes seguir leyendo. Por ello se las resumo: La combi, volvió a fallar saliendo para Coatzacoalcos. Un Ángel Verde nos llevó de regreso a Veracruz. En dicha ciudad se efectuó un concilio familiar, y el balance de fuerzas no fue favorable a mi jefecito; se decidió, pese a sus súplicas, rentar una minivan 2004 con cargo a su tarjeta y el viaje continuó hasta los municipios rebeldes Zapatistas y de ahí al chilango.

La histórica combi continúa varada en Veracruz, donde el tiempo, la arena y la brisa del mar harán su trabajo: borrarla por siempre de la faz de la tierra, pero nunca del recuerdo de la familia Oviedo y anexas, a la que prestó treinta años de fiel y casi ininterrumpido servicio.
Saludos y abrazos.
Armando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario