miércoles, 25 de junio de 2008

Los últimos días de la guerrilla de Ñancahuazu

Cuando visité por primera vez el remoto pueblito de la Higuera, casi veinticinco años después de haber leído “Mi campaña con el Che” de Inti Peredo, la idea de escribir algo sobre los últimos días de la guerrilla de Ñancahuazu me sedujo de una manera obsesiva. Encontrar, a primera vista, las inconsistencias entre lo tantas veces contado y la propia geografía del lugar amén de los interesantes datos que se conservan en la tradición oral de la zona, fue una tentación irreprimible. Ese primer día sólo buscaba respuestas personales, entender con detalle el suceso histórico del cual había leído y que por fin podía reconstruirlo estando en la zona. Sin embargo, a cada paso que daba surgían más y más preguntas. En vez de armonía entre lo que sabía y lo que estaba viendo, me encontré frente a un angustiante y creciente vacío. No tuve opción. Me embarqué en una búsqueda desesperada de aquellas piezas que faltan en el rompecabezas de los últimos días de la guerrilla del Che en Bolivia. Con este propósito entrevisté personas que tuvieron un rol conocido en la historia como Julia Cortez, y voces menos conocidas pero con datos interesantes para aportar como la familia de Víctor Céspedes o Rafael Aldunate. De igual manera leí una respetable cantidad de libros y documentos diversos sobre la historia boliviana del Che y visité al menos diez veces la zona en que actuó la guerrilla. Sin embargo, después de tres años y decenas de borradores inconclusos, abandoné el proyecto y por salud mental espero no reemprenderlo.


Es bajo ese propósito que tiene lugar este breve escrito; no es un relato histórico, tampoco un recuento de mis avatares buscando reconstruir la historia, sino una suerte de testamento para un proyecto de investigación histórica que culminó en la angustiante soledad de un naufragio. Ahora bien, en ese tránsito de la aventura a la desgracia encontré datos interesantes e inéditos. Por ejemplo, contrariamente a lo escrito en todos los libros, artículos y reportajes que tocan la captura del Che, el último combate no tuvo lugar en la quebrada del Churo (Yuro para los cubanos) sino en la quebrada Jagüey –Racetillo. Eso lo descubrí por mera casualidad; caminando por las quebradas iba marcando puntos en el GPS y revisando el mapa que construí con las narraciones del combate y también el mapa de Gary Prado, pero algo no encajaba. Cuando inquirí a Aurelio mi amigo y guía sobre el tema me explicó “ ahhh si, está bien, lo que pasa que los nombres están cambiados, desde ese entonces” Señalándome la quebrada que teníamos al frente me dijo “esta que está al frente es en realidad la del Churo, pero a la que le dicen Churo es esta de la izquierda, donde fue el combate pero para nosotros se llama Jagüey-Racetillo porque arriba se juntan, pero como la gente que viene ya la conoce como el Churo, ni modo de cambiarles el nombre”. La cañada que geográficamente corresponde al “Churo” aparece en el famoso mapa de Gary Prado como cañada “la Tusca”. Curiosamente en el primer parte militar del combate el propio comandante de la compañía “B” Gary Prado acierta en el nombre. Transcribo el mensaje de radio a Cnl Zenteno:

“Hoy a 7 km N.O. de Higueras en junta quebradas Jagüey-Racetillo librose acción. Hay 3 guerrilleros muertos y dos heridos, la zona se le llama el Churo…” Esa fue la primera y única ocasión, hasta ahora, en que se llamó a la quebrada por su nombre.

También fue satisfactorio redescubrir el lugar exacto donde capturaron al Che. Cuando visitas la zona los pobladores te llevan a la quebrada Jagüey-Racetillo, donde incontrovertiblemente tuvo lugar el enfrentamiento. Aun hoy quedan en las piedras huellas del combate que sucedió ahí un domingo hace casi cuarenta años. Sin embargo, el lugar de la captura que reiteradamente ha sido mostrado en los documentales que se han hecho sobre el tema, no corresponde al lugar real. ¿Por qué? Hay que retroceder en el tiempo para entenderlo. El 8 de octubre de 1967, aproximadamente a las tres de la tarde el sargento Huanca, encabezando a un grupo de soldados, entró por la parte inferior de la quebrada Jagüey-Racetillo, metros adelante, a granadazo limpio, demolió la improvisada trinchera que defendían los cubanos Arturo y Antonio. El Che, que estaba unos metros atrás había sido previamente alcanzado por una ráfaga que le hirió en la pantorrilla e inutilizó su fusil. Fue entonces que apoyándose en Willy, Guevara intenta escapar subiendo la escarpada ladera de la quebrada. Aparentemente los dos guerrilleros tenían la intención de romper el cerco, ganar la espalda de los Rangers y ocultarse en la quebrada contigua, ahora si, en el Churo. Sin embargo, como lo sabemos ahora, no pudieron romper el cerco ni escapar a su destino. Al salir de la quebrada son capturados por tres soldados; el cabo N. Balboa Huaillas y los reclutas Encinas y Choque. Poco tiempo después llamado por estos llega al lugar Gary Prado acompañado por su estafeta. La posición estaba al borde de la quebrada, y aunque para ese entonces el combate solo continuaba quebrada arriba, la posición seguía siendo riesgosa para mantener a los prisioneros. El capitán Gary Prado decide entonces llevarlos a su puesto de mando, el cual se ubicaba en una pequeña depresión del terreno a unos veinte metros del lugar, bajando lateralmente por la loma, pero sin descender a la quebrada

Al terminar la campaña militar, la zona quedó deliberadamente olvidada. Este estado de cosas continuó hasta el fin de las dictaduras a principios de los ochentas. Cuando comenzaron a llegar los visitantes, los pobladores sabían con exactitud en que quebrada fue el combate, pero no conocían el punto exacto de la captura del Che ¿Y ahora a donde llevar a los visitantes?. La respuesta fue fácil; con el aval de un periodista, decidieron que el lugar referido era al lado de una gran piedra dentro de la quebrada y al medio de un sembradío de papas. Pintaron una estrella roja en la piedra y desde entonces llevan a ella a todo aquel que se deje: hippies, turistas, o realizadores de documentales que con relativa periodicidad aparecen en la zona.

La primera vez que fui a la Higuera conseguí, por 10 Bolivianos, que un campesino me llevara al “exacto” lugar de la captura. En otras palabras, me iba a costar poco mas de un dólar y dos horas de caminata contrastar la realidad con lo tantas veces imaginado… Pero bajábamos y bajábamos por el fondo de la cañada sin subir al flanco izquierdo, como debíamos hacerlo según mi conocimiento básico del combate. Peor aun, en un punto subimos a una pequeña planicie en lado derecho, dentro de la quebrada, pero unos dos metros por encima de su lecho. El campesino se paró y me señalo la gran piedra con la sonrisa de satisfacción de quien acaba de cumplir a cabalidad su misión.
Lo miré con incredulidad sin decirle una palabra. El titubeó y me empezó a narrar la anécdota de la captura y de cómo su papá había ayudado a sacar al Che de ese lugar hacia la Higuera. Le discutí un poco.

Intente convencerle que era absolutamente imposible que ese fuera el lugar no sólo porque no se ajustaba a lo escrito por ninguno de los protagonistas, sino, peor aun, porque no concordaba con el sentido común; la roca está en un claro que se abre en la quebrada y, dominado por todos los flancos, éste habría sido un lugar peligrosísimo para un combatiente de cualquier bando. Imposible que hubiera tres soldados ahí emplazando una ametralladora o cubriendo una ruta de escape (las dos versiones que existen sobre el rol de los soldados en ese punto) Por otra parte los relatos de los combatientes de ambos bandos coinciden en que el Che intentó romper el cerco por la ladera sur de la quebrada. Gary Prado, que es la única fuente de información de primera mano sobre los detalles de la captura con que contamos; dice que el Che fue capturado subiendo por una “chimenea lateral”. Pero ni convencí a mi guía ni tuve oportunidad en ese viaje de encontrar el lugar exacto. La geografía es intrincada, la cañada es relativamente sinuosa, es difícil bajar a ella y el ascenso de cuatrocientos metros verticales en cinco kilometros y medio hasta el camino La Higuera-Pucará es agotador. Por cierto, los trescientos metros que según diversos autores mide la quebrada Jagüey, son en realidad 2.74Km hasta su salida al “firme”. El sector de la quebrada donde según mis investigaciones tuvo lugar el combate mide 702 mts, esto es, entre la unión Jagüey-Racetillo y la confluencia de esta con el Churo.

Así que regresé a Vallegrande y después a Cochabamba frustrado pero con el firme deseo de hacer otro viaje a esta remota quebrada para identificar el punto donde fue capturado el Che y marcarlo con un GPS. Con ese propósito en los meses siguientes conseguí algunos mapas, construí los míos propios con los relatos de guerrilleros y militares y finalmente ubiqué dos posible lugares usando las fotos satelitales del Google Earth. Con toda esta información regresé a la zona para discernir in situ cual de los dos puntos se ajustaba mejor a las narraciones. Finalmente determiné el punto de la captura en 00. 61’34’’ y 043, 34’ 23”. (Si tienen interés marqué los puntos en Google Earth). Creo firmemente que es la posición correcta, aunque no he logrado convencer a los pobladores de que lleven a los visitantes al punto real “Ya nos acostumbramos a llevarlos a la roca” Y si, la última vez que estuve en la quebrada un equipo de la televisión palestina estaba videograbando en detalle la piedra. Sin embargo, el redescubrimiento del lugar donde fue capturado el Che es meramente anecdótico; el eje de mi proyecto tenía que ver con una reconstrucción de lo sucedido entre la llegada de los guerrilleros a Abra del Picacho y el combate de la quebrada de Jagüey. Particularmente me interesaba reconstruir los contactos que tuvieron en ese tiempo con los pobladores de la zona y de alguna manera matizar la versión del nulo apoyo que tuvieron de los campesinos.

Ciertamente, la falta de una base social que sustentara el accionar de la guerrilla es incontrovertible y es sin lugar a dudas, el mayor determinante del fracaso de la misma. Pero a lo largo de la campaña Ñancahuazu-La Higuera los guerrilleros tuvieron de manera constante el tímido y a veces ambivalente apoyo de los campesinos. Hay varios casos que por sus posteriores implicaciones han trascendido a la historia conocida de la guerrilla como Pablo Baigorri, otros menos conocidos como victor Cespedes, y otros que nunca han sido mencionados en la bibliografía existente. Estos últimos eran los que mas me interesaban

La primera vez que fui a Pucara, parse a saludar al Profe Iver, con quien habíamos desarrollado algunos proyectos de educación integrada. Cuando regrese al auto me encontré a una vieja medio sentada en el asiento del pasajero que en absoluto estado de ebriedad y escupiéndome con cada palabra me repetía “quieres saber del che? quieres saber del Che? Yo te voy a contar del Che” Tengo profunda animadversión a los borrachos cuando estoy en una circunstancia que me impida alcanzar el mismo estado que ellos han logrado. Tal era el caso, así que con el engaño de invitarle otro singani la baje del Jeep y me di a la fuga. Cuando llegue a la Higuera se me acercó una señora, ofreciéndome fotos del Che. Una llamo particularmente mi atención; era una vieja foto de Florencia Cabritas. ¿Quién es Florencia Cabritas?: La vieja que pastoreando sus cabras entro a la quebrada donde estaban los guerrilleros, según nos relata el propio che en la ultima entrada de su diario. (Su casa, adyacente a la quebrada de Jagüey la marqué también en el google earth) En la foto se veía a la vieja, a su hija enana y a otra mujer más joven en quien reconocí a la vieja que yo acababa de sacar de mi auto con engaños. ¿“Quien es esta?” le pregunte, “Es Virginia, la nieta de Florencia Cabritas. Ella ayudo a unos guerrilleros que salieron antes de que mataran al Che y por eso estuvo mucho tiempo escondida en Villamontes” Me arrepentí, como lo sigo haciendo desde entonces, de no haberle comprado la foto, y más aun de no haberme quedado un rato mas con la tal Virginia en Pucará. La historia sonaba interesante, porque en efecto, un grupo de cuatro guerrilleros conocido como el “grupo de los enfermos” logro romper el cerco y escapar en las primeras horas del combate. Sin embargo, no sabemos nada de sus avatares desde ese momento y hasta el 14 de Octubre, seis días después, cuando los cuatro son aniquilados en la confluencia del Río Mizque con el Rió Grande en la zona que se conoce como “Cajones”. Intenté obtener más información en la Higuera y un viejito, Alcides Osinaga, me confirmo lo que me había dicho la Sra Doña Irma. Al parecer el grupo de Los enfermos, encabezado por Pablito que con sus veintidós años era el guerrillero mas joven y el único sano y apto para combatir en esos tiempos, hizo contacto con la familia Cabritas. Virginia, a pesar de la oposición de Florencia, y sus dos hijas; Aleja e Irene (la primera de ellas enana la otra “postrada” según el diario del Che o “hinchada” según los pobladores de la higuera) les dio agua y algo de comida. Intrigado por esta información regrese a Pucará con la intención de buscar a Virginia y obtener ahora si la información que horas antes me ofrecía intercambiar por un singani. Desafortunadamente cuando llegue me avisaron que ya se había salido para Vallegrande y que no sabían cuando volvería o si volvería, porque aparecía en Pucará muy de vez en cuando. A pesar de ello me dieron la esperanza de contactarla a través de la profesora Julia Cortes que vive en Vallegrande y que fue una de las últimas personas que habló con el Che. En Vallegrande entrevisté a la profesora, pero respecto a Viriginia no tenia ninguna información. Seguí otra pista que me llevo a San Juan del Potrero, más allá de Mataral pero con resultados infructuosos. Esa fue la primera línea de mi investigación que quedo abierta. No supe más de Virginia pero seguí adelante, después de todo, desde ese primer viaje, conocí a mucha gente en Abra del Picacho, Pucara, La Higuera, Vallegrande, dispuesta brindarme información sobre lo acontecido cuarenta años antes. Y ahí empezaron los problemas. De la copiosa información recibida es difícil rescatar ese dato ajustado a la realidad que aparece de vez en vez, mezclado con los mitos que los campesinos han construido a lo largo de estos cuarenta años. Hay quien asegura que su padre ayudo a los militares a sacar al Che desde la piedra, que ubican como el lugar de la captura, hasta la escuelita de la higuera. La historia no resiste la menor confrontación con los datos que contamos. Se menciona con insistencia que Florencia Cabritas y su hija aleja, ayudaron a la guerrilla del Che en los días previos al combate, pero en ningún testimonio de los sobrevivientes ni siquiera se insinúa esa posibilidad. Hay muchos otros mitos surgidos de una burda mentira, o de una reconstrucción imaginaria de los hechos que sin embargo se han vuelto verdades colectivas. Paradójicamente, otro problema que se encuentra al intentar recabar información es que quienes vivieron los tiempos de la guerrilla no han podido vencer del todo el miedo a la represión y tienen cierta reluctancia a hablar sobre el tema. En los tiempos de la guerrilla varios campesinos por mera sospecha de simpatía hacia los “subversivos” fueron golpeados, encarcelados, o inclusive muertos a palos, tal fue el caso del “Vallegrandino”. Una vez terminada la campaña militar hubo un periodo en que amaino la presión a los pobladores, pero durante los gobiernos de las dictaduras cobro fuerza otra vez. Los militares reaparecieron en la higuera para destruir de manera ostentosa, bustos con la efigie del Che, murales o graffiti que grupos de activistas erigían en la Higuera. En esas ocasiones los pobladores también eran maltratados. Ahora pareciera que existe una combinación sinérgica entre los mitos y los miedos. El mito que se construye sobre lo falso oculta la verdad que se esconde tras el miedo. Mi búsqueda de trascender esa estructura y encontrar certezas sobre lo que realmente sucedió me llevo a seguir muchas pistas falsas, otras con visos de autenticidad pero que me conducían invariablemente a callejones sin salida. El propio combate del Churo y los detalles de la captura del Che de los que tanto se ha escrito son un infierno de contradicciones. Para empezar, los mismos sobrevivientes tienen versiones encontradas sobre lo que sucedió ese día. No podía ser de otra manera llevaban días enteros apenas comiendo, enfermos, heridos, “…estaba donde la quebrada se rompía, si estaba a la derecha, a la izquierda o en el frente difícil decirle” le contesta Pombo a Reginaldo Ustariz en una entrevista sobre detalles del combate. Gary Prado asegura que el Che fue capturado con Willy. Pero existe la versión de Arguedas en que cuenta citando su conversación con el cabo Balboa que el Che estaba subiendo a la loma con otros dos guerrilleros. Esto ultimo es consistente con lo que dicen recordar los habitantes de la Higuera “Con el Che y Willy trajeron un guerrillero ciego que estaba muy herido” Posiblemente Pacho o el Chino. Creo que no hay un solo dato relevante de la historia de ese día que no venga acompañado hasta nuestros tiempos con al menos tres versiones. Mi intento de reconstrucción histórica, me llevó a un estado obsesivo que me hacia levantarme a las tres de la mañana para consultar un dato, manejar 400 km por si acaso podía encontrar la entrevista que buscaba o caminar a las cuatro de la mañana por la quebrada Jagüey sin linterna y con piedras en mi mochila para verificar la dificultad del recorrido de los guerrilleros. Y si, era frustrante sentir como los datos promisorios de una historia inédita, relevante, se me deshacían cada vez entre las manos. Sin embargo, hoy que he escrito estas pocas paginas me doy cuenta que a pesar de todo, tengo mi propia versión de la historia que buscaba, ahora la puedo visualizar como una línea larga que une de mis doce años cuando leí “mi campaña con el che” con la escuelita de la Higuera; y en esa versión que mezcla lo imaginado con lo tan escrupulosamente investigado, el Che y Pacho van escalando la ladera casi cargados por Willy quien no ha soltado su fusil, Willy sabe que el destino esta en contra pero ese estúpido hermoso optimismo humano lo hace seguir buscando la salvación colectiva, que no por casualidad es intrínseca a todas nuestras religiones. Willy intentando salvar al Che y Pablito haciendo lo propio con el grupo de los enfermos me representan la razón mas profunda de la auténtica esperanza que es, al final, lo que un optimista irredimible como yo imaginó desde sus doce años en esta historia.

Amen.

domingo, 22 de junio de 2008

Aventuras de un chilango en el Detritus Federal

Aunque nunca tuve inclinaciones metafísicas, religiosas supersticiosas, mágicas astrológicas o metereológicas últimamente empiezo a creer que, en determinadas circunstancias existen signos que nos permiten prever el infortunio. Ahora bien, una cosa es intuir la existencia de dichos signos y otra muy diferente poder descifrarlos en el momento justo y tomar desisiones en consecuencia. Cuando logro entenderlos es siempre a posteriori, es decir, con el agua hasta el cuello. Esta vez no fue la excepción. Iba subiendo la escalerilla del Boeing 727 de Lloyd Aéreo Boliviano que me llevaría a México cuando una voz aguardientosa retumbó en mi oído.-¡Suéltelo mi “Capi” a ver si ahora sí!Volteé a mi derecha para identificar de quien venía, era un mecánico de Lloyd que trepado en la turbina apretaba tornillitos con un desarmador. Su interlocutor era el Capitán Torrico, quien estaba a cargo de la nave. A la frase del mecánico continuó un ruido en la turbina parecido a un pedo, nomás que no sonoro, no potente, ni tan vital como los que produce un buen plato de frijoles charros. Nel, lo que se escuchó fue apenas un mini pedito; pup...pup...pup. Lo siguiente que escuché es de antología:-¡Apáguelo mi “Capi”, ya sé qué es! Lo que me sorprende de esta frase no es que inexorablemente quien la pronuncia lo hace con un tono de absoluta seguridad, aunque no sepa ni donde está parado, sino que normalmente quienes estamos a su alrededor le creemos. Es más, en virtud de nuestra esperanza y humana ingenuidad hasta nos ponemos felices; “Chido este guey ya le halló y ahorita salimos del pedo”. Según mis escrupulosas estadísticas esto último sucede únicamente 2 de cada 247 veces. Pero amigos, en esta anécdota la situación tenía un tinte más dramático que el usual; quien pronunció la frase no era uno de nuestros cuates tratando de arreglar un vocho a las 2 am para que pudieramos seguir de reventón, la frase fue pronunciada como dije por un mecánico de Lloyd y referida a un artefacto que subiría 30,000 pies, durante 10,000 Kms., y para acabarla de chingar; con Rocio, Raquel y su servidor adentro. Esta frase, ahora lo sé, era un signo del infortunio que no descifré a tiempo. Por el contrario en un acto de absoluta inconsciencia, continué subiendo la escalerilla sin apenas inmutarme. Perdí mi penúltima oportunidad de quedarme en Bolivia disfrutando de un cálido verano. Obvia y afortunadamente el “apáguelo mi Capi ya sé que es” fue puro sueño boliviano. Nos bajaron del avión, vinieron otros técnicos y finalmente volamos a Santa Cruz donde alguna mente medianamente clara decidió que no era una buena idea intentar llevar el Boeing del “Capi Torrico” hasta México. Cambiamos a un avión nomás que más chico. Resultado: el “Capi Jordán” se desgañitaba desde la cabina; “¡¡Córranse paa traaasss, allá atrass hay lugar!!”. No exagero, Rocio y Raquel que sin duda son personas más honorables que yo pueden atestiguarlo. No cabía un alfiler. Inclusive ofrecieron 200 dlls. a los pasajeros que quisieran quedarse. Así es, me ofrecieron dinero para librarme del futuro aciago que me esperaba, pero como soy un gil no lo acepté. (Aclaro que hablo sólo por mí, porque Raquel y Rocío tuvieron una vacación de ensueño) En fin podría seguir hablando de los incidentes del vuelo pero quiero contarles varias anécdotas antes que me de hueva seguir escribiendo. Baste decir que por problemas técnicos tuvimos que parar en Cali y en Panamá antes de llegar al tan ansiado suelo de chilangotitlán.


Yo pensaba que el hecho de vivir en una ciudad chica me iba a dotar de nuevas habilidades que se sumarían a mis habilidades de vivir en una ciudad grande. Nunca pensé que tienes unas u otras. En resumen: descubrí que en dos años he perdido habilidades necesarias para vivir en el Chilango. Antes podía patearle el bastón a un viejito, codear a una señora embarazada, o atropellar a un mocoso para poder subir a un vagón del metro atestado de bípedos. Ahora tuve que esperar siete convoyes para educadamente y con toda delicadeza apearme al penúltimo vagón. Pero estar en mi ciudad realmente me entusiasmaba así que lo asumí deportivamente... o más precisamente, me ví obligado a hacerlo; al entrar al vagón mi nariz quedó a 5 cm. de la axila de un sudoroso basketbolista mañanero, todos los intentos que hice por cambiar mi ubicación fueron infructuosos, cada movimiento que hacía le daba mas espacio a una gorda que me empujaba hacia la axila del Michael Jordan tacubeño. Impregnado de ese espíritu deportivo, bajé en Bellas Artes con la intención de ir a la plaza de la computación, en cumplimiento de la misión que me había encomendado mi cabecita blanca, a saber: proveer a la familia Oviedo de música Mp3 para un viaje que se iba emprender a Veracruz Oaxaca y Chiapas. Después pensaba dar un rol por mi siempre añorado centro histórico. En esas andaba, caminaba feliz por el eje central cuando frente a mi vista, en un puesto que ocupaba media acera, se desplegó toda una colección de videos XXX que llevaban por título “Moteles de la Doctores” “Moteles de Insurgentes” ‘Moteles de Pantitlán”, y así de cada colonia. No terminaba de sorprenderme por la edificante creatividad y refinamiento de los pornografos nacionales, verdaderos artistas del video, cuando sentí que Shrek me eructaba en el estómago: había un cd intitulado: “Moteles de Popotla”. Ni bien termine de leer “Popotla” comenzó un diálogo entre el Armando Cool y el Armando Paranoias:-No mames guey, que tal si nos grabaron-Nel no hay pedo, son videos actuados.-Pero ahí dice “cámaras escondidas”-Aunque diga, no hay pedo.-Y si, si?-De todas maneras no hay pedo -Te cae?-Tssss, no hay pedo.-Nel yo ya me friquie-Te digo que no hay pedo, nunca hay pedo.-Mejor lo compramos y salimos de dudas-Va guey, tampoco hay pedo Después de este elevado diálogo de mi conciencia, compre el video y cuando pude verlo comprobé con satisfacción que yo no protagonizaba ninguno de los cortos que contenía. Al poco tiempo esta satisfacción se transmutó en cierta decepción y finalmente en firme encabronamiento: “Va pinches changos, seguiré siendo un talento a descubrir por la industria porno”. Pero antes de que los hubiera visto y llegado a tan profundas reflexiones, concluí la misión que mi Jefe me había encomendado, o casi, porque decidí catafixiar Debussy y el Trío Calavera, que eran sus peticiones (Así de ecléctico es mi jefe) por Molotov y Greatful Death. ¿Bueno, de que se trataba este viaje para el cual la música que fui a comprar era apenas un componente?. Para explicar el propósito y condiciones del viaje tengo que darles el siguiente antecedente: Los Oviedo tenemos un gen que codifica, de manera clarísima, nuestro total y absoluto desprecio por el sentido común. Y si bien este gen se expresa en todos nosotros, se muestra con mayor regularidad en mi jefecito. Un día se despertó y se lo ocurrió que sería una buena idea hacer un “Magical Mistery Tour” a Chiapas para saludar al Sub. ¿El medio de transporte?. La combi 1975 que muchos de ustedes tuvieron el placer de conocer y/o viajar en ella. Pero... ¿Cómo la combi? Si después de que yo la usé para mi taller de barro “Alfaro Inc.” había quedado completamente destruida, el toldo caído, la carrocería oxidada, el tanque de gasolina picado, el motor hecho una piltrafa. Bueno había que reconstruirla. ¿Meterla a un taller para que mecánicos y hojalateros profesionales realizaran la ardua tarea de que volviera a rodar? Jamás. Como les he dicho cuando los Oviedo nos proponemos algo no reconocemos ni los límites del sentido común. La combi sería reconstruida en el garage familiar. Y la dirección de esta monumental tarea estaría a cargo de mi jefecito. Así fue. Cuando necesitó ayuda técnica especializada contó con la asesoría de Don Sebas, el dueño de la verdulería de la esquina que en sus años mozos trabajó en un taller mecánico, (en ese entonces todavía circulaban los Ford T y los carros a caballo aún no terminaban de desaparecer) Por lo demás se agenció a dos gandumbas del barrio para el trabajo pesado, lijar, bajar motor, cambiar lienzos. Y gracias al esfuerzo de ese equipo de profesionales la histórica combi quedó reconstruida. Mientras nosotros volábamos rumbo a México, mi Jefe, Don Sebas, Bartolo y “El esbirro”, festejaban con champagne el ajuste del último tornillo que permitiría a la combigotes volver a pisar el asfalto con un mínimo de dignidad, es decir, con la tracción de su propio motor. Debo decir en descargo de mi Jefe y de su “Dream team” que cuando la vi en el aeropuerto quedé impresionado. Estaba flamante, como cuando fuimos a sacarla de la agencia. (¿Te acuerdas Mateo?). Toda retapizada, toldo nuevo, molduras completas. Pero no solo eso; caminaba usando como combustible únicamente gasolina. En ese momento pensé que mi Jefe no estaba tan deschavetado, que efectivamente, en ese vehículo podríamos llegar a Chiapas. Un segundo después cambié de opinión, vi de reojo la palanca del freno de mano que, como ustedes saben, en las combis es una palanca en forma de “T” ubicada en posición horizontal debajo del tablero y a la derecha del conductor. El extremo de un cable estaba enrollado en la palanca, el otro extremo descendía y se unía a un resorte que a su vez estaba amarrado a un pequeño cable que estaba sujeto a la parte delantera del pedal acelerador. Su objeto era claro, mantener el pedal en posición desacelerada. Todos los autos tienen un sistema para hacerlo, pero en ninguno se usa plastilina póxica ni cables de audífonos “panasonic” para hacerlo operar. Ni bien habia terminado de hacer mi peritaje visual cuando me sentí profundamente precupado, no tanto por los peligros que implicaba tal sistema de desaceleración, sino por la salud mental de mi jefecito. ¿Pensaba realmente ir en esa “unidad” a Chiapas? Si, y a pesar de varios concilios familiares nadie pudo hacerlo desistir de su propósito. Así, un jueves por la mañana mis jefecitos mis sobrinos (Bart y Lisa) Raquel, Rocío y su servidor emprendimos un viaje en sentido contrario al sentido común.
Nuestro destino inicial; la ciudad de Veracruz. Debo reconocer que mis predicciones originales fueron desmentidas por la realidad, yo pensaba que la combi se desbielaría a la altura de la Terminal de San Lázaro y que ahí tendríamos que abordar un ADO para continuar. Lo cierto fue que a eso de las doce del día nos encontrábamos en Tinajas a pocos kilómetros de Veracruz. Pasando la última caseta me pareció que la combi se deslizaba muy lento sobre el asfalto, pero no, el velocímetro marcaba 140Km/hr. el motor hacía un ruido ensordecedor e inclusive me parecía que salía fuego por el escape. “Es la relatividad, -pensé con seriedad- todo indica que vamos a por lo menos 140 Km/hr., exceptuando mi percepción de la velocidad con que los objetos se desplazan en el exterior, pero mi percepción es enteramente subjetiva, estoy ansioso por llegar al mar y seguramente esta ansiedad me provoca una visión falseada del tiempo y el espacio; siento que todo pasa mas lento” Mis reflexiones científico-filosóficas se vieron interrumpidas por un hecho contundente: un viejito en bicicleta nos rebasó sin mayor esfuerzo por el acotamiento. Al pasarnos el muy cabroncito nos hizo una venia con el sombrero. Mi jefe se orilló a la orilla y fue a revisar el motor, me pidió sucesivamente que la apagara y la encendiera hasta que en un momento pronunció la frase maldita: -¡Apágala Arman, ya sé que es!- Continué reflexionando sobre la belleza onírica de esta frase mientras un “Ángel Verde” nos remolcaba los últimos 40 Km que faltaban para llegar a Veracruz.
Hacía años que no visitaba Veracruz, esa ciudad tan desdeñada por el turismo playero nacional. Debo decirles que quedé sorprendido y encantado por ese puerto en el que se respira, a través de su historia, sus calles, sus personajes un hálito de la esencia de nosotros los mexicanos. Nos instalamos en un hotel frente a la Playa por el fraccionamiento Reforma. Al día siguiente temprano bajamos con Raquel y mis sobrinos a la playa. Una vez instalados ahí cumplí con el ritual de todo buen chilango al llegar al mar. Con las manos en la cintura me quedé algún tiempo viendo su inmensidad con una sonrisa estúpida, después me arremangué el pantalón y mojé mis pies hasta que vino una ola más grande de lo previsto y tuve que dar saltitos para atrás para que no me mojara. En ese momento decidí que había sido demasiado ejercicio y me fui a sentar en la silla que había alquilado por diez pesos. Desde ahí cuidaba a los niños y eventualmente participaba en la construcción de un castillo de arena. Pedí un plato de camarones en el que al poco tiempo aterrizó el balón de unos voleibolistas playeros, seguido inmediatamente del consabido:-¡Bolita porfavorrrrr!Cuando el sol comenzó a calentar llegaron mis papas y Rocío. Yo no quería enfrascarme en otra discusión sobre las posibilidades mecanicas de la combi con mi jefe, al que las adversidades, mas que ponerle los pies en la tierra lo hacían delirar a tal grado que planteaba con toda seriedad un viaje en la misma unidad a Machu Pichu para abril del 2005, por lo tanto, decidí que era un buen momento para nadar. Hacia unos quince minutos que observaba a un grupo de bípedos nadadores subiendo y bajando con el vaivén de las olas a unos treinta metros de la playa. Sin pensarlo dos veces entré al mar y nadé en dirección a ellos, hacían mucho escándalo y a mi siempre me ha gustado estar donde está el desmadre. Cuando estaba a la mitad del camino noté que me gritaban y hacían señas para que me acercara. -Que buena onda - pensé- me ven nadando solo y quieren que me integre, que chidos somos los chilangos-Nadé entonces con mas entusiasmo y en cinco minutos estaba frente a mi destino. Apenas saqué mi cabeza del agua, me encontré a tres metros de un rostro azulado que con mirada implorante me dijo entre gritos y gorgoteos de agua en su garganta:-¡¡¡Nos estamos ahogando!!!!Upppssss. Volteé hacia la playa y comencé a hacerles señas a Rocío y mi jefe para que pidieran ayuda. En cuanto me vieron, con celeridad e inusitada eficiencia comenzaron a saludarme y mi jefecito hasta me tomó una foto, después continuaron con su interesante plática mientras le hincaban el diente al plato de camarones que tenían al lado. Ni modo, tendría que ir yo mismo a buscar ayuda. Comencé a nadar hacia a la playa, pero pasaba el tiempo y no podía llegar. Me había alejado de la fraternidad de preahogados pero lateralmente. Una sensacion de angustia me recorria, la corriente era fuerte, el cielo se nublaba y en general mi situación empezaba a tomar un cariz dramático. Decidí entonces intentar nadar a mayor profundidad. La idea dio resultado, sentí una corriente que me empujaba con violencia hacia la playa. De momento el mundo desapareció y todo fue espuma y arena. Mi cuerpo daba vueltas, y se contorsionaba entre las fuerzas de la arena que me retenía y el agua que me empujaba. Recibí un último empujón y caí de bruces sobre la arena de la playa. Volteé a mi izquierda y vi a lo lejos como mi fraternidad de ahogados descendía de la pequeña balsa en que los habían rescatado. Me erguí adolorido y comencé a caminar tambaleante hacia la Palapa donde estaba mi familia. Sentía las miradas y murmullos de los turistas invernales. En ese momento me di cuenta que en los últimos cinco minutos había perdido algo. ¿Mi oportunidad de ser un héroe anónimo? ¿La confianza en mis dotes de nadador? ¿Mi simpatía por los chilangos? ¿Mi aprecio al mar?. Puede que todo ello camaradas, pero la pérdida más relevante en lo inmediato fue sin duda el traje de baño que me arrancaron las olas en el último revolcón. Con lo aturdido, confuso y madreado que salí del mar no me había percatado de esa carencia, y si lo pude hacer no fue por la brisa marina que mecía mis pelotas con frescura, suavidad y un dejo de cachondez. Me di cuenta de mi absoluta desnudez cuando los pudorosos padres de familia tapaban los ojos a sus hijos y las mujeres volvían la vista atrás. (Salvo dos o tres que después me pidieron mi teléfono, claro está). No aceleré el paso, y no por ser cara dura o exhibicionista sino porque estaba tan cansado y madreado que me dio mucha hueva ser pudoroso. “Que chingue a su madre, Carreño, la liga de la decencia, Provida, Serrano Limón y para no dejar a nadie fuera, que chingue de una vez a su madre toda la humanidad” Embriagado por este sublime pensamiento, camine los últimos metros, pensando también, que debí haber aceptado los 200 dlls. que me ofrecieron para bajarme del Boeing del capitán Jordán.
Este mail se ha alargado mucho y me temo que la hueva que me da seguir escribiendo sea menor que la que les da a ustedes seguir leyendo. Por ello se las resumo: La combi, volvió a fallar saliendo para Coatzacoalcos. Un Ángel Verde nos llevó de regreso a Veracruz. En dicha ciudad se efectuó un concilio familiar, y el balance de fuerzas no fue favorable a mi jefecito; se decidió, pese a sus súplicas, rentar una minivan 2004 con cargo a su tarjeta y el viaje continuó hasta los municipios rebeldes Zapatistas y de ahí al chilango.
La histórica combi continúa varada en Veracruz, donde el tiempo, la arena y la brisa del mar harán su trabajo: borrarla por siempre de la faz de la tierra, pero nunca del recuerdo de la familia Oviedo y anexas, a la que prestó treinta años de fiel y casi ininterrumpido servicio.
Saludos y abrazos.
Armando.